Discuto... y me siento vivo
DISCUTIR DE LUJO
Discutir es sano, natural y síntoma de que España va bien. Es un lujo al alcance de todos los bolsillos y más, si no se tiene preocupaciones. Un mundo en el que prima el desacuerdo, que deja tiempo para llevar la contraria al vecino, al jefe, al panadero, etc. muestra una economía boyante y a día de hoy, estamos a punto de conseguirlo.
Encendemos el televisor y tenemos el Gran Hermano más borde, la Granja más rebelde, las Crónicas más insultantes, el Día a Día más coral y 59 segundos para discutir relajadamente en un Ruedo Ibérico en el que La Mirada Crítica, con un buen Enfoque, nos mantiene vivos entre gritos, saltarse turnos de palabra y ridiculizar al contrario.
Hay tiempo para perder las horas discutiendo por cosas sin importancia. Se acabaron los grandes debates internacionales (el debate Bush-Kerry se quedó en mero circo de tercera categoría), fuera la crisis del petróleo… ¿alguien se acuerda de que existe?
Mientras comemos un cocktail de gambas bien cubierto de Salsa Rosa, nos preguntamos, ¿Dónde estás corazón? si nuestra pareja no llega y no podemos discutir, y nos olvidamos de que hay hambre en el tercer mundo y nadie lo discute, que hay desastres naturales sobre los que nadie dice nada, y el problema del agua se lo lleva la corriente. Ahora hay que discutir sobre la cantidad de cacao que hay que poner a la leche, las relaciones de Jesulín de Ubrique, los presuntos (palabra de moda) escarceos de famosillos de tercera categoría y de si Bea (concursante de Gran Hermano) se ha comido o no la cabra de la legión. Pero a ella eso le va a dar igual. Vivirá de sus gritos y sus discusiones ficticias durante el tiempo suficiente para pagarse una casa, comprarse un coche y llegado el caso, restituir la cabra que se merendó entre guardia y guardia.
Para muchos, es su medio de vida y encima es un placer que repercute de buena manera a su economía.
Discutir es un bienestar nacional, un deporte que fomenta la comunicación interpersonal, tan perdida en los tiempos de Internet, une a familias en las frías noches de invierno y en las terrazas de verano, nos libera de tensiones, problemas más importantes y nos hace sentirnos vivos, eufóricos y humanos.
Yo discuto, luego existo. De pensar… ya me ocuparé más adelante.

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